Rafa me contestó casi de
inmediato, me dijo que tenía una comida con algunos amigos en su casa pero que
me invitaba. Al principio rehusé la invitación, sobre todo porque no me había
invitado desde un principio y sentí que sólo me decía por compromiso. Después
me contestó que era claro que no tenía plan para ese día y que comería comida
mexicana. Ese día llegué a casa de Rafa que estaba en un pueblo distinto a la
ciudad en la que yo vivía, llevé una caja de
turkish delights y la pasé bien. Hablé bastante con Rafa e incluso él y su
amiga me invitaron a un viaje a Lake District, al cual me pareció buena idea
ir. Conforme avanzaba la noche, la gente tomaba más y más, y yo era parte de la
gente. Recuerdo servirme una última copa, cuando veo el reloj y me doy cuenta
que el último camión pasaba en poco tiempo, en eso Rafa me dijo que me podía
quedar a dormir. Acepté, subí las escaleras me desvestí y cuando él llegó lo
recibí con un apasionado beso. Tuvimos sexo. Recuerdo que al día siguiente le
pedí discreción porque tenía novia y él la conocía. Sabía también que lo tenía
que hacer sentir especial para que no fuera a contarle a nadie, entonces le
confesé que él era el primer hombre con el que había dormido abrazado toda una
noche, y que eso era más importante que el sexo. Supongo que eso fue lindo, al menos para él;
poco después le di un apasionado beso y huí tan rápido como pude.
A Rafa lo conocí en el bar de la
universidad, recuerdo que esa noche habló mucho conmigo y poco después me
agregó a facebook; por mi parte, no me llamó en absoluto la atención, podía ver
que intentaba hacerme plática pero su forma de acercarse, haciendo bromas y
algo burlón me parecía bastante molesta. Después supe que Rafa tenía interés en
mí, incluso le preguntó a mi novia sobre mi orientación sexual, y ella después
me lo comentó. Nunca he entendido eso de clasificar a las personas por
orientación sexual, de todos modos no creo que Rafa supiera que yo además de tener sexo con mi novia, tenía sexo casual al menos dos veces por semana con
distintos hombres. De cualquier forma, noté después de que le preguntó a mi
novia, quien por cierto no le dijo nada sobre nosotros, que me comenzó a buscar
más. A mí la verdad me daba mucha flojera pero en semanas de exámenes finales
una cerveza fría como distracción siempre es bienvenida. Rafa me siguió
buscando hasta que me vio besar a mi novia y creo de ahí me dejó de buscar. No
estoy seguro de haber notado su distanciamiento, a mí él no me provocaba nada,
creo que ni siquiera me caía bien, pero un día de esos que el aburrimiento es
fuerte y que en las aplicaciones de ligue gay no hay nada decente, decidí
mandarle un mensaje por Facebook: “Hola, si no estás ocupado me gustaría
invitarte a tomar café turco en mi casa.”
Estudiaba la maestría en Essex, Reino Unido, en ese tiempo mi día a día se reducía a los amigos, mi novia, sexo con extraños, la escuela, y cuando había oportunidad a actividades culturales. Ese fin de semana fue uno de esos en los que había un evento cultural en el campus universitario, el coro de la universidad daría un concierto del requiem de mozart. En mi caso a pesar que invité a mi novia y a algunos amigos, nadie me pudo acompañar y terminé yendo solo. No recuerdo bien cómo iba vestido pero poco después alguien me contó que iba de negro y que llevaba unos calcetines bastante llamativos, unos que tenían franjas de varios colores. En ese concierto, esta persona me comenta que me senté a su lado y que respiraba emocionado en cada canción, me dice que ahí se dio cuenta de que yo existía y que fue ahí que le dio un sentimiento de posibilidad casi imposible, nostalgia de lo que nunca podrá ser, ese sentimiento de ver a alguien y querer conocerlo pero saber que sólo es una ilusión y que los caminos no se cruzarán, ese sentimiento que pasa en los metros de las grandes ciudades cuando ves a alguien te llama la atención. Al final mi camino si se cruzó con el suyo y un día inspirado y sin mucho que hacer en casa de mis padres en Ankara dibujé una acuarela a la que decidí titular “everything may start with a pair of colorful sucks”. Ese cuadro después se lo regalé a la persona que notó mi existencia en el concierto. El cuadro fue enmarcado y ahora cuelga al otro lado del mundo en algún lugar de la Ciudad de México.
Nunca fui el más popular en la
escuela sino más bien era callado, tímido e intentaba siempre cumplir con lo
que se espera de mí. Mi hermano gemelo por el contrario era más relajado, mucho
más extrovertido y considerablemente más sociable que yo. Un día estaba en
clase y pedí permiso para ir al baño. Recuerdo que cuando llegué a la entrada
del baño, había unos niños que me impedían el paso, me empujaban y me decían
que no podía entrar. Después de varios minutos, y ante mi urgencia fisiológica,
terminé mojándome los pantalones. Mis atacantes comenzaron a reírse y se fueron
satisfechos de su hazaña. Yo al verme con los pantalones mojados me encerré en un
cubículo y ahí me quedé por mucho tiempo. Me acuerdo que no quería salir, no
quería que nadie me viera con los pantalones meados. Después de unas horas (o
minutos), mi profesor se dio cuenta que aún no había regresado, por lo que mandó
a mi hermano a buscarme. Mi gemelo entró al baño preguntando por mí y al
escucharlo le dije: ¡aquí estoy Ali! Le expliqué lo que había sucedido y le
dije que no saldría hasta que nos tuviéramos que ir a casa, que no quería tener
más razones para que se burlaran de mí. Ali, sin dudarlo, se quitó los
pantalones y me los extendió diciéndome: ponte estos yo puedo usar los tuyos.
Me puse sus pantalones y no sé bien cómo ni por qué pero ese momento me cambió,
creo que fue la primera vez que realmente me sentí amado. Esa historia se la he
dicho a muy pocas personas, se la dije una vez a alguien intentando explicar
qué pensaba que era el amor. Años después esa persona escribe mi historia para
sentirse cerca de mí que estoy tan lejos, física y emocionalmente; la escribe
como una anécdota que tal vez por eso, por estar escrita ya no se esfume en el
universo ni se pierda en la memoria frágil de los pocos que supieron de ella.
“El peligro de escribir es no fundir nuestra experiencia personal y nuestra perspectiva del mundo con la realidad social en que vivimos, nuestra historia, nuestra economía y nuestra visión. Lo que nos valoriza a nosotras como seres humanas nos valoriza como escritoras. No hay tema que sea demasiado trivial. El peligro es ser demasiado universal y humanitaria e invocar lo eterno para el sacrificio de lo particular y de lo femenino y del momento histórico específico. El problema es enfocarse, concentrarse. El cuerpo se distrae, nos sabotea con cien estafas, una taza de café, sacar la punta a los lápices. Y ¿quién tiene el tiempo o la energía para escribir después de cuidar al marido o al amante, los hijos, y casi siempre otro trabajo fuera de casa? Los problemas parecen insuperables y sí son, pero dejan de ser insuperables una vez que nos decidimos, que aunque seamos casadas o tengamos hijos o trabajemos fuera de casa, vamos a hacer el tiempo para escribir. Olvídate del “cuarto propio” –escribe en la cocina, enciérrate en el baño. Escribe en el autobús o mientras haces la fila en el Departamento de Beneficio Social o en el trabajo durante la comida, entre dormir y estar despierta. Yo escribo hasta sentada en el excusado. No hay tiempos extendidos con la máquina de escribir a menos que seas rica o tengas patrocinador (puede ser que ni tengas una máquina de escribir). Mientras lavas los pisos o la ropa sucia escucha las palabras cantando en tu cuerpo. Cuando estés deprimida, enojada, herida, cuando la compasión y el amor te posean. Cuando no puedas hacer nada más que escribir. (…) Escribir es peligroso porque tenemos miedo de lo que la escritura revela: los temores, los corajes, la fuerza de una mujer bajo una opresión triple o cuádruple. Pero en ese mero acto se encuentra nuestra sobrevivencia porque una mujer que escribe tiene poder. Y a una mujer de poder se le teme. (…) Más y más cuando estoy sola, aunque todavía en comunión con cada una, la escritura me posee y me propulsa a saltar hacia un lugar sin tiempo, sin espacio, donde me olvido de mí misma y me siento parte del universo. Esto es el poder.” Gloria Anzaldúa
No hace
mucho comencé a tener noches en las que no puedo dormir. Nunca he entendido
bien por qué me pasa, sólo ocurre, así de repente y sin esperarlo. Al menos al
principio no lo esperaba, ahora ya sé que pronto vendrá. Cuando me pasa que no puedo dormir, intento
pensar en algo que me preocupe de sobremanera, algo que me estrese, algo que me
quite el sueño pero realmente nunca encuentro ninguna preocupación
extraordinaria de mis problemas habituales. Tal vez es algo subconsciente, tal
vez sólo me causa ansiedad el imparable transcurso del tiempo, tal vez sólo me
causa preocupación no poder dormir per se. Intentar dormir cuando tienes
insomnio es horrible porque tu mente sólo se enfoca a ese propósito y nunca lo
logra, incluso cuando te estás medio quedando dormido, tu mente se despierta
pensando que ¡Ya casi¡ pero no, ya no… ese ya casi lo friega todo. Tu mente
está despierta otra vez.
Cuando
son varios días de no poder dormir, el cansancio acumulado es terrible, es como
estar y no estar, es como estar alcoholizado, supongo drogado. Empiezas a
preocuparte de cualquier cosa: ruidos, luces, falta de concentración. Mientras
más pasan los días tu único pensamiento es dormir y es lo que no logras. Comienza
la paranoia, el miedo, esos pensamientos horrendos de “qué tal que nunca más
puedas volver a dormir”; seguro hay gente que ha muerto así. Vamos, todos
sabemos que una forma eficaz de tortura es la privación del sueño a
prisioneros. Tu molestia de un principio se vuelve tristeza y desgana. Ver a
alguien durmiendo en el transporte público ahora te llena de odio pero sobre
todo de envidia, ¡está dormido, así sin quererlo, como si nada! Al final te das
por vencido, te piensas abnegado, es allí cuando te distraes y piensas en
cualquier cosa, nada relevante y es así como al fin te duermes.
Generalmente
mi papá y yo usamos el coche para irnos de la oficina a la casa pero el martes
pasado fue la excepción, aumentando una preocupación más a mi lista habitual de
inquietudes pendejas, las cuales ese día se reducían a la situación política en
Turquía, a la rareza quasi-bipolar de un turco y a mi falta de trabajo y de oportunidades
futuras.
Mi
padre y yo nos vimos en la disyuntiva de cómo regresar a casa, las opciones
eran camión, taxi o pedirle a mi hermana que pasara por nosotros. Los dos
acordamos sin mayor problema que lo mejor era la tercera opción pero nuestro
ambicioso plan se vio frustrado cuando mi hermana nada más no contestó el
celular. Al ver nuestras alternativas reducidas a taxi y camión comenzaron las
diferencias, yo quería taxi porque es más cómodo pero mi papá quería camión
porque es más barato. Mi papá, en un intento de convencimiento y desesperación me preguntó en tono
burlón ¿Qué pero le pones al camión si en Inglaterra lo usabas todo el tiempo?
Intentando dar una respuesta convincente pero ante la falta de justificación evidente, mi cabeza comenzó a dar mil vueltas. No sé qué pero le pongo a los camiones
de Oaxaca ¿Será que soy un mamón y tengo un aire bourgeois infundado? ¿Será que realmente traigo una actitud
insoportable? ¿Será que me molesta la gente? No creo que me moleste la gente porque
en la Ciudad de México uso el metro y el metrobus todo el tiempo, hasta vendí
mi coche y voy muy de buenas siendo parte de la muchedumbre; a lo mejor tengo una desconfianza generalizada de los conductores de autobús como consecuencia de esas historias en
las que los choferes matan a los atropellados para pagar menos porque un
“muerto vale menos dinero que un moribundo”;
o a lo mejor sólo soy muy torpe y no quiero que se haga evidente con las
habilidades cafrísticas del chofer; a lo mejor si soy insufrible y quiero
un pinche camión de dos pisos en el que pueda ir sentado y que el chofer me sonría con desgana mientras yo le digo “cheers” al bajarme; bueno y es que también en Reino Unido no me alcanzaba
para el taxi pero técnicamente aquí tampoco porque
estoy desempleado. Al final terminé regañándome, cómo es posible que estés con
una actitud tan nefasta, cuánta gente usa el camión porque no tiene de otra, lo mío es pura sangronería disfrazada de comodidad. No hay ningún pero con los ruidosos y destartalados camiones que me dan una sacudida digna de juego mecánico, no hay ningún pero en esos micros en los que los principios de la física se ponen a prueba cada vez que el conductor pide que nos recorramos p’atrás. Después de mucho pensar y repensar, finalmente me decido.