Generalmente mi papá y yo usamos el coche para irnos de la oficina a la casa pero el martes pasado fue la excepción, aumentando una preocupación más a mi lista habitual de inquietudes pendejas, las cuales ese día se reducían a la situación política en Turquía, a la rareza quasi-bipolar de un turco y a mi falta de trabajo y de oportunidades futuras.
Mi padre y yo nos vimos en la disyuntiva de cómo regresar a casa, las opciones eran camión, taxi o pedirle a mi hermana que pasara por nosotros. Los dos acordamos sin mayor problema que lo mejor era la tercera opción pero nuestro ambicioso plan se vio frustrado cuando mi hermana nada más no contestó el celular. Al ver nuestras alternativas reducidas a taxi y camión comenzaron las diferencias, yo quería taxi porque es más cómodo pero mi papá quería camión porque es más barato. Mi papá, en un intento de convencimiento y desesperación me preguntó en tono burlón ¿Qué pero le pones al camión si en Inglaterra lo usabas todo el tiempo?
Intentando dar una respuesta convincente pero ante la falta de justificación evidente, mi cabeza comenzó a dar mil vueltas. No sé qué pero le pongo a los camiones de Oaxaca ¿Será que soy un mamón y tengo un aire bourgeois infundado? ¿Será que realmente traigo una actitud insoportable? ¿Será que me molesta la gente? No creo que me moleste la gente porque en la Ciudad de México uso el metro y el metrobus todo el tiempo, hasta vendí mi coche y voy muy de buenas siendo parte de la muchedumbre; a lo mejor tengo una desconfianza generalizada de los conductores de autobús como consecuencia de esas historias en las que los choferes matan a los atropellados para pagar menos porque un “muerto vale menos dinero que un moribundo”; o a lo mejor sólo soy muy torpe y no quiero que se haga evidente con las habilidades cafrísticas del chofer; a lo mejor si soy insufrible y quiero un pinche camión de dos pisos en el que pueda ir sentado y que el chofer me sonría con desgana mientras yo le digo “cheers” al bajarme; bueno y es que también en Reino Unido no me alcanzaba para el taxi pero técnicamente aquí tampoco porque estoy desempleado. Al final terminé regañándome, cómo es posible que estés con una actitud tan nefasta, cuánta gente usa el camión porque no tiene de otra, lo mío es pura sangronería disfrazada de comodidad. No hay ningún pero con los ruidosos y destartalados camiones que me dan una sacudida digna de juego mecánico, no hay ningún pero en esos micros en los que los principios de la física se ponen a prueba cada vez que el conductor pide que nos recorramos p’atrás. Después de mucho pensar y repensar, finalmente me decido.
- Bueno pa, ya vámonos en camión.
- No, ya viene tu hermana por nosotros.